La argentinidad al palo

Hace una semana llegó mi padre a visitarme. Llegó con una caja enorme de alfajores Havanna, un pote de dulce de leche y un libro bajo el brazo. Hoy estoy descansado en la casa de una amiga que vive en Barcelona, me recibió con mates. Yo, que nunca tomo mate, tomé un termo de un litro como si fuese un liquido divino, un elixir preciado. No sabía cuanto necesitaba esas cosas hasta que las tuve enfrente mío. Se desprendía de mí de una forma inconsciente la exigencia de volver a hablar en mi lengua materna, no en español, en argentino y con argentinos, decir che, boludo con esa naturalidad y esa cadencia inimitable que tenemos los que nacimos en el sur de America Latina. Esa familiaridad que nos hermana en cualquier parte de la tierra, esos pequeños detalles que te hacen sentir como en casa, que te hacen saber que todavía sos parte de ese país en el que naciste y en el que ya no vivís, pero al que siempre volves. Aún sin volver, estás presente a través de todas esas cosas chiquitas que te acercan, tu familia, tus amigos, un fernet, un alfajor, yerba y agua caliente.

Casita en St Remy, Francia
Casita en St Remy, Francia

Despertarme y abrir el diario argentino online, abrir Facebook y ver las noticias de mis amigos, enterarme las novedades de mi familia por mail, mensaje o Skype. Mirar de vez en cuando una película con Darin, como para acordarme un poquito lo lindo que suena nuestro idioma. Leer a otros viajeros alrededor del mundo, para darme cuenta que todas estas sensaciones ya las pasaron todos. Extrañar y ser feliz con ese sentimiento, vivir con eso y saber que igual estoy bien. Que es lindo estar de este lado a pesar de no estar con los que quiero. Saber que yo elegí esto, que lo sigo eligiendo, porque ahora es lo que me hace más feliz y es lo que necesito. Y lo vale, cada minuto que paso lejos de mis afectos es bien recompensado. Nada como la incertidumbre de no saber como va a seguir la vida. Nada como ningún plan más que de acá a un mes. Miro el futuro y esta vacío, y hago un esfuerzo enorme para no asustarme, para verlo simplemente como miles de oportunidades que se amontonan ahí para mi.

Catedral de Palma de Mallorca
Catedral de Palma de Mallorca

Hace unos 8 días abandonaba la cómoda casa en Hamburg para adentrarme en la ruta de nuevo, pero esta vez no estaba sola, me esperaba en el aeropuerto de Barcelona mi papá. Sería una excelente aspirante a escritora si pudiera describir con exactitud lo que sentí cuando lo vi, pero no debo ser tan buena ya que no hay palabras que definan el nivel de alegría y emoción que me invadió. No podía dejar de abrazarlo, mi papá estaba ahí, conmigo y para mí, me vino a visitar y a mimar, vino para que me sienta otra vez una nena, dejé de ser responsable, dejé de pensar en que voy a comer, donde voy a dormir, donde voy a lavar la ropa, ya tenía a alguien que se iba a encargar de solucionar todo, aunque solo duró una semana me desentendí de todo.

Mi viejo agarró la mochila apenas llegué al aeropuerto catalán y me metió en un crucero de 7 días por el mediterráneo. Hace dos meses perseguía chanchos en el lodo, hace 3 meses pasaba días sin bañarme y durmiendo en una carpa en las playas de Portugal, y ahora estaba navegando en el mar en una habitación con balcón y una vista espectacular. Dejé el frío y el cielo gris de Alemania para adentrarme en el calor y sol de la costa de España, Italia y Francia.

Un pueblito de Cinque Terre
Un pueblito de Cinque Terre

Recorrí Palma de Mallorca, Nápoles, Cinque Terre, Genova, Arles y St Remy. Lugares que jamás habría imaginado conocer, lugares increíbles y mágicos. Los conocí con mi familia y eso hizo que todo tuviera un color especial. Claro, me hubiera gustado pasar días al sol en Arles o en alguno de los pueblitos que componen Cinque Terre, hubiera amado que paremos por un tiempo a hacer nada más que charlar y mirar el mar por la ventana y comer rico y tomar vino propio de cada región, pero parece que en el mundo de los adultos hay responsabilidades y trabajo, este último hace posible pagar el crucero en el que yo viaje o venir a visitarme al otro lado del mundo para llenarme de besos y cariño. Así que dejé a mi padre ir, con la promesa de visitarlo pronto al menos por unos meses el año que viene. Y a diferencia de lo que esperaba, no hubo llanto de despedida, ni caras tristes, solo besos, abrazos y mucha felicidad, porque se fue pero dejó muchos recuerdos para que yo guarde, memorias que atesoro para los próximos meses que me esperan en la ruta.

2 Comment

  1. Es hermoso leerte tan feliz!!!
    Disfruta y no pares nunca.

  2. Sos un tesoro !!!. No “nuestro” tesoro, sos un tesoro por vos misma…

Deci hola! Dale, animate!