9 noches en Lisboa

Hace una semana que deje Lisboa, luego de haber pasado allí casi 10 días. Lisboa es nostalgia pura, melancolía, es una ciudad peligrosa para el viajero, si uno se queda más de lo necesario empieza a sentirse en un estado completamente depresivo. Todo lo que al principio era romántico y tenía su encanto comienza a tornarse triste, sucio y abandonado.

Lisboa es, sin duda, el más tercermundista del primer mundo, la crisis ahí si que se nota, la diferencia cultural e intelectual, la pobreza, la falta de trabajo y la falta o mala inversión del dinero también se percibe. Es incluso poético ver las casas cayéndose a pedazos en cada cuadra, pero claro todo eso es desde el ojo del turista, es una ciudad en la cual es imposible proyectarse viviendo, al menos yo no veo manera alguna de querer estar ahí más de una semana. Los rastros de lo grande, imponente y rica que fue Lisboa, y Portugal, están en todas partes, y eso no hizo más que ponerme a pensar en Argentina, encontré demasiadas similitudes entre el estado de las cosas allá y acá, y me abordó una tristeza enorme.

Vista desde el Cristo Rey de Lisboa
Vista desde el Cristo Rey de Lisboa

Conocí algunos portugueses, pero descubrí que la mayoría no se dejan conocer, en mi humilde trabajo de campo advertí que es una sociedad cerrada, les cuesta relacionarse con otras culturas y no son de lo más simpáticos tampoco. Supongo que la gente que uno conoce hace en parte al viaje y al lugar, la experiencia de viajar es tan distinta dependiendo de tantos factores, no es lo mismo dos noches que nueve, ni sola que acompañada; también el lugar de donde uno viene hace una gran diferencia, las expectativas, la imagen mental que uno tiene en su cabeza de una ciudad. En mi mente Brasil había heredado su alegría constante de Portugal, déjenme decirles que no, la alegría es casi toda brasilera.

Huí feliz de Lisboa, no esta en mis planes volver, es linda y triste, y los finales felices en la vida real son mis preferidos, así que Portugal y yo terminamos justo antes de empezar a odiarnos. Las calles lisboetas son la pesadilla del mochilero, cuesta arriba y cuesta abajo sin parar, caminar 4 cuadras con la mochila me tomó más de 10 minutos y un dolor de piernas y espalda importante.

Parque con vista al río
Parque con vista al río

Me doy cuenta que empiezo a volverme exigente en cuanto a destinos, si bien todos son distintos y todos quiero conocer, a medida que conozco es más difícil sorprenderme. Cuando comencé el viaje todo era increíble, nuevo, funcionaba bien, la gente era limpia y organizada, todo era distinto, tan distinto a Buenos Aires, que no paraba de asombrarme; en algún punto siento que cada lugar que conozco tiene la obligación de enamorarme más que el anterior, y cuando eso no pasa lo veo como una decepción. Y la verdad es que no tiene porque ser así, los lugares son como las personas, todos distintos, algunos nos caen mejor y otros peor, de muy pocos nos enamoramos perdidamente, con muy pocos podríamos convivir, a veces encontras fácilmente un lugar en el que podrías pasar toda una vida, y te ves tentada a quedarte sintiendo una especia de fuerza magnética que te acerca irremediablemente, y de otros lugares simplemente es mejor irse. Mi cuerpo es mi gran indicador de todo, me empiezo a poner ansiosa, molesta, me pide cambio, me pide moverme.

Mi cuerpo se acostumbró al viaje, quiere la constante adrenalina que se siente al llegar solo a una ciudad desconocida, esas primeras horas en que estas en una ciudad nueva, en donde hablan un idioma del que no entendes nada, y terminas parado en el centro de la ciudad sin tener idea donde esta el puesto de información próximo, y rezas para que entiendas tu inglés completamente oxidado. Antes de viajar me imaginaba volviéndome loca en estas situaciones, y ahora descubrí que son unos de mis momentos preferidos del viaje, la desorientación total, un sentido enorme de la libertad y de lo grande que es todo y lo chiquito e inexistente que es uno. Y pase momentos nerviosos, como cuando fui echada de un tren por no pagar boleto en Lisboa, y a los 10 minutos de casi ponerme a llorar empecé a reirme sola en la mitad de la calle, porque cuales son las chances de que un guardia me pida el boleto justo el único día que viaje sin pagar, de mis 10 días en Lisboa solo ese día vi guardias en el tren, así es mi suerte a veces. No me quejo, lo primero que pensé fue: esto va para el blog.

Deci hola! Dale, animate!